La primera vez que nos lanzamos a hacer algo nuevo sentimos un sinfín de emociones que, por supuesto, no sabemos manejar. Como siempre se dice: “para todo hay una primera vez, y qué cierto es, pues esta sensación jamás la abandonamos, más aún, si somos personas inquietas, entusiastas o con espíritu emprendedor.

Estas emociones y pensamientos que recorren nuestro cuerpo nos generan una gran lucha interna de la cual, todo el mundo, debe aprender algo importante, ya que tu misión al estar ante una primera vez es que no sea la única.

En mi caso, la primera vez que me enfrenté a dar una clase de arte estaba entre nerviosa y emocionada, mi mente se iba al respaldo que yo pensaba que era lo seguro: mi carrera. Seis años de universidad debían tener tu peso ante semejante situación. Estructura, teoría, orden, pero… ¿y si mi audiencia sabe más que yo? ¿Y si me hacen preguntas que de repente no sé responder? Tiraré a la basura todos esos años de estudio….

Y así entré en un pánico momentáneo que se fue desvaneciendo a medida que hablaba ante las personas que tenía delante.

Si con un respaldo de una carrera y un máster sentía todas esas emociones puedes imaginarte lo que sentí cuando decidí impartir clases de baile, o aún mejor, elegir crear mi propio proyecto de marca personal para acompañar a personas en su crecimiento personal y profesional. Sin ningún respaldo salvo mi propia experiencia de vida.

El síndrome de la impostora me invadía de pies a cabeza, mi cuerpo se tensaba y mi mente entraba en modo supervivencia porque sentía que estaba en una zona de total peligro… esa primera vez. Seguro que, mientras te cuento mi breve historia, estás haciendo un repaso mental de las veces que te has enfrentado a esa primera vez en tu vida. Pero también estoy segura de que la mayoría de las veces el resultado ha sido espectacular y muy gratificante.

Nuestra mente nos hace creer, de manera muy fuerte que, cuando llevamos a cabo algo por primera vez, vamos a estar en peligro y, como es muy buena haciendo su trabajo, trata de protegerte al máximo llegando incluso a impedir que, en ocasiones, disfrutes más de tu vida por ese gran freno que nos pone.

Piénsalo ¿Cuántas cosas te habrías perdido si no lo hubieras hecho? Soy de las que piensa que prefiere arrepentirse de haberlo intentado que de quedarte con las ganas. Jamás sabrás qué habría pasado o dónde habrías llegado si no lo hubieras hecho. La vida pertenece a quien se lanza a vivirla.

La primera vez que te enfrentas a una clase de baile (o a bailar) sientes que tu cuerpo se tensa, conectas con esas emociones de inseguridad, miedo, descontrol y muchas veces cuesta imaginar que de ello vayas a conseguir disfrutar. Ese miedo escénico a sentirnos observados y que, por ende, lo hagamos mal, provoca que nuestros miedos más primarios despierten.

Todos vivimos una serie de fases hasta conectar con la verdadera y maravillosa esencia de danzar. Es un proceso por el cual calmamos a nuestra mente para conectarnos con nuestro cuerpo, escucharlo y elevar la energía.

La primera fase es ese momento inicial que te indicaba de sentirnos cohibidos por la novedad. No cuesta romper con esas barreras mentales y estamos más pendientes de lo externo que de lo verdaderamente importante: nosotros, nuestro cuerpo y nuestro disfrute.

Posteriormente pasamos por una fase de bloqueo en donde, al movernos de forma distinta a la habitual, nos sentimos que no somos capaces de llevarlo a cabo, ya que nos sentimos descoordinados y empiezan esas inseguridades.

En ese momento es importante hacer un acto de fe en donde tenemos que rendirnos y soltar el control para que nuestro cuerpo sienta y experimente al ritmo de la música. Una vez logrado podemos empezar a conectar con la confianza y con el disfrute para empezar a experimentar las sensaciones maravillosas que tiene reservada esta actividad.

¿Bailas? Mi primera vez... 1
Photo by Isaiah McClean on Unsplash

La recompensa como tal ante esta experiencia es la sensación de bienestar, de liberación y de felicidad que nos envuelve. Si bailar lo podemos compartir con nuestra pareja se convierte en una experiencia novedosa, pues provoca una conexión y una comunicación única para potenciar nuestra sensualidad, confianza en el otro y aumenta nuestro deseo sexual. Nosotras siempre vamos a sentir que nuestra sensualidad aumenta ya que se produce una mejora de la autoestima al vernos y sentirnos mucho mejor.

Al compartir el baile con nuestra pareja somos capaces de equilibrar, ambas partes, nuestras energías masculina y femenina, las cuales con nuestro día a día tienden a estar descompensadas llegando a provocar diferencias que nos distancian.

¿Bailas? Mi primera vez... 2
Photo by Ahmad Odeh on Unsplash

Las personas tenemos algo muy valioso que es la intención, las ganas y la fuerza de voluntad, es esa energía que nos impulsa a querer más y a plantearnos que siempre hay algo mejor. Detrás de una primera vez llena de todas esas emociones, se unen la ilusión y la magia de la vida que te ayuda en esos momentos en donde has decidido apostar por ti y por tus sueños.

Cuando estaba a punto de publicar mi primer libro, sin duda hubo momentos en donde me estaban ganando esas emociones de miedo y de parálisis, pero elegí escuchar mi cuerpo y esa voz interior que te dice: hazlo. El resultado, después de atravesar las puertas de ese miedo, ha sido poder conocer y llegar a muchas personas, compartir formas de pensamiento, avanzar en mi vida personal y profesional, y dar pie a que, personas que se identifican y conectan contigo, entren en comunicación para seguir creando y creciendo.

Si estás leyendo este artículo no es casual. Con él me gustaría hacer que, a través de él, las personas hagan sus propias reflexiones para que les sirva para su crecimiento y viaje de vida. Te invito a que cada vez que te enfrentes de nuevo a una primera vez, lo hagas pensado en lo bueno que vas a lograr en vez de quedarte en las emociones previas provocadas por el miedo que no es real. Trata de calmar tu mente, darle las gracias pero dejando claro que puedes hacerlo confiando en ti y en esa situación que se te presenta, pues si no estuviéramos preparados, la vida no nos plantearía ninguna situación.

¿Bailas?

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