El mimo

En el anterior artículo os describí una anécdota que me causó, en su momento, unas risas y me dejó un divertido recuerdo.

Esta vez, este recuerdo es diferente; tiene un aroma, digámosle, a sentimiento, nostalgia, no sé, pero al rememorarlo me remueve algo bonito.

La sesión de la que os hablaré en este número de diciembre, es una en la que me imbuí, en un artista que sin mediar palabra, hace magia. Os estoy hablando del mimo.

Este artista, por medio de gestos, sin ruidos ni sonidos, hace imaginar al espectador, el entorno objetos, situaciones, y además, sentimientos.

Puede representar, estados de ánimo, a través de expresiones faciales y corporalidad. Personalmente, me causa admiración la comunicación y la historia contada con su actuación.

Para realizar esta sesión y tener referencias, me miré vídeos de mimos profesionales, artículos de expresiones faciales y tutoriales para aprender un poco el arte de transmitir y adentrarme en el mundo de esta interpretación de fantasía.

El entorno que decidí junto al fotógrafo fue la Sagrada familia una preciosa y majestuosa obra de arte, todavía inacabada. En la plaza de su mismo nombre, empezó esta “aventurilla”.

En un banco de la misma se realizó el maquillaje e hicimos las primeras fotos. Tal como me había estudiado las bases o lo básico, fui haciendo las distintas poses subido a un pequeño poyete con un periódico, gesticulando asombro etc. Desde el principio, los paseantes, algunos trabajadores de la brigada de jardinería que se encontraban realizando el mantenimiento de las plantas, se acercaron y de quedaron observando, incluso con alguna sonrisa. Yo fiel a mí la empresa, les saludaba y saludándoles con la mano les devolvía la sonrisa o los señalaba mandándoles un beso en el aire.

He de decir que me divertía y animaba a improvisar, ya metido en mi papel, creyéndome un mimo auténtico.

Después de unas cuantas tomas nos desplazamos a una de las calles cerrada al tráfico, un tramo peatonal  entre la plaza y la Sagrada familia.

 Allí continuamos la sesión. Sentado en el asfalto, en el centro de la vía pública, de pie con un paraguas, simulando fumar mientras espero a alguien.

Durante ese tiempo varias personas se paraban ante mí mientras yo realizaba los diferentes cambios de posición para las diferentes fotos. ¡Hubo quien incluso aplaudió! ¡Buah! Eso me removió por dentro, quizás incluso pensaban que era mi oficio.

Hubo aplausos, sonrisas, hasta unas palabras de una señora de avanzada edad que después de aplaudir me dijo: “Lo haces muy bien”, ante aquello le sonreí mientras le hacía una reverencia como gratitud por lo que me dijo.

En todo el tiempo que estuvimos, muchos fueron los transeúntes que me observaron con algo de expectación.

Como anécdota, la recuerdo con cariño, por la temática, por lo que me hizo sentir, por interpretar ese arte que mientras escribo estas palabras, siento como ternura y la considero una de las mejores sesiones que hasta la fecha  he realizado.

Es más, no descarto volver a utilizar esta indumentaria y repetir algún día otra sesión fotográfica.

Hasta aquí con esta nueva experiencia, de un trabajo que me dejó huella y un dulce sabor especial y mágico.

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