Reparar el daño que otros hacen

El 24 de febrero empezó una cruel guerra en Ucrania. Durante este mes, las bombas y alarmas antiaéreas no han cesado. Ciudades como Mariupol, Járkov o Kiev están a punto de desaparecer del mapa. Según Naciones Unidas, hay casi 1000 civiles fallecidos, una cifra que ni la propia organización es capaz de poder certificar puesto que creen que hay más víctimas. Hospitales, centros comerciales, colegios y edificios bombardeados. Muchos heridos sufriendo los daños colaterales de una guerra que no tendría que haber empezado nunca. La ONU estima que hay unos 4 millones de refugiados y 6,5 millones de desplazados internos. Dicho de otra forma, una de cada cuatro personas ucranianas ha tenido que abandonar su casa en el último mes.

Y mientras en un lado de la frontera sucede todo esto, en el otro hay muchísimas personas que han decidido aparcar su vida por un momento e ir, desde cualquier parte del mundo, a ayudar a los que ahora lo necesitan más. La ayuda humanitaria que ha llegado a Ucrania desde que empezó la guerra ha sido enorme, de hecho se cuenta en toneladas. Gente de todo el mundo han cogido sus coches y de manera individual, o en convoy, se han acercado hasta los puntos fronterizos para dejar ropa, medicamento, comida y han vuelto a sus países con refugiados ucranianos.

Y entre la gente que ha decidido frenar su rutina por un momento se encuentran los protagonistas de esta historia. Blue Force es el grupo de acción solidaria de la asociación de policías COPLAND. En total, 5 Mossos d’Esquadra y 5 Policías Locales (2 de Tàrraga y 3 de Montcada i Reixac) fueron en furgonetas hasta la frontera de Polonia con Ucrania. Los acompañaban dos taxistas voluntarios de Sant Celoni y un abogado.

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Después de poner las últimas cajas en las furgonetas, el sábado 12 de marzo salieron en caravana los cinco vehículos con pegatinas que anunciaban que hacían ayuda humanitaria. Hicieron noche en Stuttgart, Alemania. “Tengo emoción y ganas de poder llegar mañana a Cracovia, de que sea lunes y empezar a trabajar. Hemos venido para eso”. Explicaba Guti el domingo 13 en un área de servicio cuando entraron en Polonia.

Por la noche, la Blue Force llegaba a su destino. Lo primero que vieron, cuando se acercaban a la ciudad, fue un convoy de autocares llenos de refugiados escoltados por coches policiales. “Choca mucho, porque te das cuenta de la realidad y de donde estás viniendo”, explicaba Albert, uno de los miembros de la Blue Force.

En el hotel volvieron a enfrentarse a la realidad. Se alojaban cerca de 200 refugiados ucranianos que no tenían dónde ir. En el pasillo correteaban y jugaban niños mientras sus madres miraban atentas a las pantallas de sus teléfonos móviles, a la espera de alguna noticia sobre la situación en el país. El hall del hotel se había convertido en un centro de ayuda para los huéspedes: ropa, pañales, juguetes. “Se me parte el corazón al ver a niños jugando felices en un hotel. Ellos no son conscientes de nada. Lo han perdido todo y no tienen la culpa de nada”, reflexionaba José Antonio.

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Aquella noche fría, en Cracovia, había muchísimo cansancio acumulado y una mezcla de sentimientos. “Emoción por ayudar, miedo por no saber qué nos vamos a encontrar. Incertidumbre.”, decía Oscar. Rai y Ferran, desde su habitación, reflexionaban “estamos cansados, pero hemos venido a ayudar. Queremos poner nuestro granito de arena y colaborar en donde más se necesite”. El lunes siguiente sería un día clave para el operativo. El convoy cruzó la frontera de Ucrania desde Eslovaquia. “Íbamos acercándonos de metros en metros. Llegué a pensar que la íbamos a pasar de manera ilegal”, explicaba el sargento Javi. Una vez dentro del país, hicieron el traspaso del material de ayuda humanitaria, desde las furgonetas al camión de la persona con la que habían contactado. “Donde más necesidad hay ahora es en el país. Fuera también, pero fuera se queda mucha ayuda. Dentro es más difícil que entre la comida y el medicamento”, explicaba David, jefe del operativo. Se cumplió así el primer objetivo de la Blue Force: asegurarse que el material de ayuda humanitaria entrara dentro de Ucrania. Días más tarde llegó a la Blue Force fotos del material humanitario en el hospital y en un almacén improvisado que se creó en el metro de Kiev. “Pasas la frontera y hablas con gente y estás en un país en guerra. En una situación en la que nunca me había imaginado llegar a estar”, comenta David, Policía Local.

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El martes día 15 empezó la segunda parte del operativo. Recoger a 60 personas ucranianas para llevarlas junto a sus familias en Cataluña. En la estación de tren de Cracovia se alojan unas 500 personas. Cada hora llega un tren con centenares de ucranianos que huyen de la guerra. Ahí se ha establecido un punto de primera acogida para los refugiados. En ese despacho improvisado se habla con ellos sobre que previsiones tienen: subir en otro tren que les lleve a cualquier ciudad de Europa donde les espera algún familiar… otros en cambio no tienen a nadie, y tienen que quedarse en la estación hasta que la guerra acabe.

Lo mismo sucede en la estación de tren de Przemysl, la más cercana a la frontera de Polonia con Ucrania. Ahí llegan refugiados y les enseñan mapas de las provincias de Polonia, destacando las estaciones que están cerca de otros países europeos. En ambas estaciones se ha improvisado puntos donde dan comida caliente, ropa, agua, productos de higiene femenina, juguetes para niños, colchones, comida para animales y hasta tarjetas SIM para que se comuniquen con familiares.

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“Por mucho que vengas mentalizándote e intentando ser frio, es imposible no romperte un poco por dentro”, explicaba Carles el miércoles día 16 mientras la Blue Force salía del campo de Refugiados de Medyka junto con Julia y sus hijos Jaromir (de 10 años) y Sofia (de 1 un año).

El jueves 17 un autocar salía de Polonia rumbo a un camping de Creixell. Ahí llegarían los 60 refugiados para pasar la noche y descansar antes de que fueran reubicados. Ese mismo día, por la mañana, los componentes de Blue Force se reunieron con Pavlo, un chico ucraniano al que le dieron más ayuda humanitaria. En este caso, Pavlo aseguró que el material llegaría a un campo de refugiados que estaba dentro del país. Ahí las personas esperaban a poder salir de Ucrania o quedarse hasta que acabe la situación.

Por la tarde pusieron rumbo a Catalunya. Les esperaba 3000 kilómetros de vuelta. Ese jueves hicieron noche en Dresden, Alemania. El viernes, cerca de Orange, en Francia. “Estoy muy cansada, ha sido muy intenso. Toca llegar a casa, descansar y procesar todo lo que hemos visto y vivido estos días”, comentaba Laura mientras se tomaba un café en un área de servicio. Muchas risas en el coche, Fermín, emocionado explicaba que “estaba muy cansado, pero orgulloso de lo que se había conseguido”. Se compartían fotos de la experiencia por el grupo de Telegram.

“Todavía no hemos llegado a casa y tengo ganas de volver a ayudar. Lo que hemos hecho es grande, ha sido mucho. Pero hace falta hacer mas. Ucrania nos sigue necesitando”, reflexionaba Manel cuando llegaron a Creixell.

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