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Después de matar a Rafael Tello, el asesino de Isabel, me sentí satisfecho, reconfortado.

Decidí seguir con mi vida en este pueblo en el que podía pasar totalmente desapercibido. Después de cargarme a Tello nunca pensé continuar, pero a veces el universo pone frente a uno situaciones donde no solo los árboles bonitos y derechos se alzan orgullosos.

Yo, Galeno (segunda parte) 1
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Desgraciadamente, hay miles de plantas torcidas que no merecen haber brotado. Ocurrió semanas más tarde. Una pelea de chicos hizo que cambiara de opinión. Tres adolescentes golpeaban a otro compañero, al tiempo que se burlaban de su físico. Los comentarios eran detestables, hirientes.

El gordito se zafó como pudo, magullado, y echó a correr para refugiarse en un jardín vecino, ametrallado por las burlas y las risas de sus atacantes. Sentí tanta ira como pena. Tenía que poner fin a semejante atropello. Aquel trío de chulos, prototipo de delincuentes, merecía una lección.

Comencé a seguirlos. Me había hecho un experto observando personas y situaciones. Grababa todos y cada uno de sus movimientos. Los sábados se reunían en una cabaña a las afueras del pueblo para fumar y beber como adultos.

Menudos ejemplares de hijos de la gran puta. Lo tenía todo preparado para vengar al muchacho. Por supuesto, también investigué al gordito, por si acaso era un jodeor empedernido y me estaba metiendo donde no me llamaban, aunque, bueno, de alguna manera estaba defendiendo algo que no me importaba.

El chico era buena gente, estudioso, educado. Su único delito era pesar cien kilos de más. Tenía que ayudarlo. Me levanté decidido esa mañana de sábado.

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Como hacía habitualmente, estuve limpiando mi jardín. Tenía el bidón a mitad de hojas. Al caer la tarde fui hasta la cabaña a por ellos. Estaban tan borrachos que me fue fácil reducirlos. Sin riesgo, sin problemas, logré bloquearlos uno por uno.

El alcohol que habían ingerido fue mi aliado. Até sus asquerosas manos y vendé sus ojos. Lloriqueaban como bebés asustados. Les tapé la boca con sus propios calzoncillos. No eran los que les correspondían: los intercambié para que probaran en boca los culos de otros.

Luego desaté al más torpe. Le di una cuchilla desechable y con la voz distorsionada le ordené que le rapara la cabeza a su compañero.

Los almacenes y tiendas de chinos venden de todo: una pequeña trompetilla del tamaño de un pito hacía que mis cuerdas vocales sonaran lo más parecido a un niño de cinco o seis años.

Eso, sin duda, era menos aparatoso que inhalar helio de un globo, aunque los llorones subnormales que tenía frente a mí habrían optado por esa opción, estoy seguro de ello. Los tres estaban desprotegidos, desnudos, calvos, humillados y graciosamente grabados.

También hicieron una declaración donde se culpaban de ser unos gamberros y molestar a los compañeros de instituto. ¡Lo eficaz que resulta el móvil en estos casos!

El video fue grabado con uno de sus caros IPhones. Lo compartí inmediatamente entre todos sus contactos de Whatsapp. También en Twitter y Facebook. A continuación saqué las minúsculas tarjetas de memoria y se las hice tragar a los tres, antes de reventar sus exclusivos teléfonos con una pala que había tirada en el suelo.

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Salí de allí con total tranquilidad. Atravesé el bosque y llegué a casa. Toda mi ropa, junto a la peluca, guantes y el bigote postizo, fueron directos al bidón.

Durante días hubo bastante revuelo en el pueblo, todo el mundo se preguntaba quién podría ser aquel hombre misterioso que había atacado a los chicos.

La policía investigó el hecho durante semanas. Incluso llegaron a visitarme. No es que yo fuera sospechoso de nada; simplemente querían saber si yo había visto algo extraño por los alrededores.

Aquella conversación me hizo comprobar que, además de ser médico y asesino, también soy buen actor. Finalmente dieron carpetazo al asunto, dando por hecho que había sido una venganza entre adolescentes.

Durante los meses siguientes continué muy pendiente del trío. Tengo la certeza de que jamás volvieron a molestar a ningún otro chaval. Una lección tiempo siempre es una buena lección.

Después de aquello me animé a seguir. He viajado por toda España ajustando cuentas, siempre desde el anonimato. Me hubiera gustado montar una oficina, con una red de personas trabajando conmigo, como se ve en las películas americanas, donde la gente contacta para encargar el trabajo.

Pero en la práctica no resulta tan fácil. Actúo solo, por mi cuenta: leo los periódicos, me recreo en las noticias y voy a por el asesino que queda libre impunemente pese a saberse que es culpable. He quemado genitales y he cegado pupilas. Incluso he degollado y cortado manos. La lista es extensa. No guardo registro de sucesos ni recortes de periódicos que me puedan relacionar con los casos. No necesito trofeos. Mi mayor satisfacción es saber que facilité la salida de este mundo a tanto desalmado.

Por otra parte, no utilizo instrumentos quirúrgicos, no hago cortes de precisión que puedan vincular los crímenes de alguna manera a la Medicina, sino que uso cuchillos de sierra, de caza, de cocina, o simples navajas. Sigo siendo un hombre deprimido; a ratos, actor.

En este momento estoy en Cartagena.

CONTINUARÁ…

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